Mapas Debidos. Cartografías afectivas

En un proyecto creativo anterior —Agosto_2020— me propuse registrar el paisaje del Acantilado del Asperillo —al que por muy diversos motivos me siento muy ligado afectivamente—, con la intención de expresar mis propias vivencias respecto del “valor emocional de la experiencia paisajística”. Ahora, Mapas Debidos —con sus exclusivos propósitos— debe ser considerado deudor y convergente respecto de Agosto_2020, desde su propio e intrínseco argumentario.

Si entonces quise expresar un conjunto de experiencias emocionales que siento ligadas a un determinado paisaje; en este caso, el objetivo es en cierto modo inverso: me propongo el registro de los diferentes paisajes en los que ha encontrado su hábitat una experiencia personal determinada. Única, singular y muy profunda.

Dentro del mismo contexto citado del “valor emocional de la experiencia paisajística”, se trata de crear, por lo tanto, algo parecido a un conjunto cartográfico que registra, describe y pone en relación tanto la propia emoción afectiva, como las experiencias del paisaje que esta habitó. Algo parecido a un atlas afectivo de experiencias paisajísticas emocionales.

A los sentimientos, conversaciones e intuiciones que han detonado este conjunto de piezas se han sumado ciertas lecturas convergentes que no pueden resumirse en este espacio. Pero entre todas, y por su valor de guía hacia otras búsquedas complementarias, debo citar este artículo que encontré accidentalmente entre los depósitos inagotables de internet: “El valor emocional de la experiencia paisajística. Querencias y paisajes afectivos” escrito por Paloma Puente Lozano, Doctora en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid; del que me gustaría subrayar al menos estos párrafos*:

"Los paisajes afectivos están fundamentalmente definidos por una resonancia, una suerte de eco o tráfago (bidireccional) en que el paisaje activa en el individuo una fuerte evocación, y éste a su vez consigue hacer hablar al paisaje. El individuo queda, así, inmerso en una compleja dinámica de ausencias y presencias, de memoria y olvido, de consonancia y disonancia entre los paisajes reales que éste recorre y los paisajes imaginados, soñados o anhelados a partir de éste primero".

"De alguna manera, los paisajes afectivos son la expresión geográfica y la concreción material y simbólica de nuestras querencias; es decir, aquellos parajes a los que, con la imaginación, el cuerpo o la memoria, siempre volvemos y que son el principio de orden (y quizás, de esperanza) de nuestras, a menudo, desordenadas identidades. Los paisajes afectivos son la marca del regreso, o, precisamente al revés, la constatación de la imposibilidad del regreso, pues, como afirma Massey, D.: “la comprensión del carácter radicalmente dinámico del espacio implica entender que no es posible ‘volver a casa’”, o al menos no podemos hacerlo “si imaginamos el hogar como un sitio perdurable a partir de dónde venimos” (MASSEY, D., 2000, 230). Los paisajes afectivos son, pues, la medida de nuestras huidas y de nuestras fidelidades, y, al cabo, la referencia de todas nuestras distancias, nuestra métrica más personal".

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* En estos párrafos, he añadido "negritas" a los conceptos que me ha interesado destacar.