3 cuentos
La mayor parte de mi trabajo ha nacido de la convivencia natural entre palabra, imagen y materia. Siempre he confiado en que las fotografías, los dibujos, los objetos y los silencios puedan entretejerse con la escritura para generar una experiencia que no es lineal ni cerrada. 3 cuentos pertenece a esa misma familia de proyectos: dos cuadernos físicos —de papel crudo y cartón— donde textos, fotografías transferidas, dibujos y una flor seca cohabitan como fragmentos de una memoria que se rehace al ser mirada.
Los tres relatos que lo componen —La hormiga flâneuse, Días sin noche (Still in love) y Volar, no solo en sueños— son narraciones independientes que, sin embargo, dialogan entre sí. Cada una explora un territorio emocional y temporal distinto: la deriva urbana como forma de meditación silenciosa; la intensidad del deseo que aflora —como algo vivo— entre las grietas de la rutina; y el vuelo onírico que se desplaza de la ciudad a la naturaleza y se disuelve en el amanecer. En todos ellos, el tiempo parece quebrarse, estirarse o fugarse, dejando al lector en un espacio suspendido donde la memoria y la imaginación se confunden.
La materia de las imágenes —sus texturas rugosas, sus transparencias, las transferencias irregulares y hasta el silencio de las páginas vacías— genera un relato paralelo al de las palabras. A veces las ilustra, otras las debilita o las refuerza; en ocasiones, las expande y las impulsa hacia territorios que solo la mirada del lector puede recorrer.
No hay una sola forma de leer 3 cuentos. Puede abrirse al azar y ofrecer fragmentos autónomos o recorrerse de principio a fin como un viaje íntimo que avanza entre sueños y deseos, por paisajes naturales, interiores o urbanos. Cada lectura es distinta, porque también lo es la memoria que se despierta.
Más que un libro de relatos ilustrados, este cuaderno es un espacio para constatar la fragilidad de lo bello: aquello que se roza, se recuerda y se pierde, pero que, por un instante, parece querer quedarse.