Écfrasis

En principio, este término denominaba la figura retórica que pretendía, mediante la descripción precisa y detallada, que el oyente viese lo descrito. Su origen es griego (etimológicamente, hablar o mostrar plenamente), y su primera manifestación se asocia paradigmáticamente con la descripción del escudo de Aquiles que Homero hace en la Ilíada. Desde ahí, su empleo derivó a la literatura como recurso descriptivo capaz de evocar la realidad hasta visibilizarla por analogía. El Renacimiento y el Barroco fueron épocas en las que este recurso fue recuperado y repetidamente empleado para trasladar lo visual al lenguaje, tanto en verso como en prosa.

En época moderna, el recurso fue redefinido con nuevos usos interpretativos, ya exclusivamente relacionados con el arte (pintura y escultura), evolucionando de la mera descripción detallada hacia una cierta confrontación de dos imágenes —una visual y otra literaria o poética—, ambas con igual rango creativo y artístico. Con posterioridad, y a partir de la fundación de la semiótica, se exploran todo tipo de relaciones entre los signos visuales y los escritos.

Este proyecto se sitúa en el territorio de la écfrasis entendida como campo de fricción entre texto e imagen. Las palabras no describen las imágenes ni las imágenes ilustran los textos: ambos conviven en tensión, conservando su diferencia. El sentido no se ofrece de forma directa, sino que emerge en la grieta que se abre entre lo que se ve y lo que se lee, en ese espacio inestable donde ninguna de las dos instancias se impone. En este desplazamiento, el lector se convierte en operador de sentido, activando relaciones, pausas y resonancias que no están fijadas de antemano, sino que se construyen en el acto mismo de la lectura.